Om El Bocablario
Pienso que los poemas de El Bocablario están hechos con el arcaico luminoso del inconsciente de las palabras, por eso esas palabras, en un juego de poeticidad epistémica, aparecen en sus posibles a-palabras como una aproximación a la reminiscencia acústica de lo más poemático posible, a ritmos de poeticidad epistémicao paralenguas, en estrecha consumación con el ser del poema. En el poema siempre tendrá que persistir (¿pre-existir?) una especie de antepalabra, casi de antipalabra, ofrecida desde un silencio rÃtmico que, aunque esté fÃsicamente sonando asà sin más, signa, atravesándola, a esa corporeidad sonora respaldada por una grafÃa imposible de ser aceptada como escritura, o para decirlo de otra forma, a semejanza de una evocación protográfica de la escritura llamada verdadera. En el poema pervive el escrito vuelto sonoridad de esqueleto abstracto exclusivamente, distante de la palabra semantizada, pero a pesar de eso, o tal vez por eso mismo, El bocablario aporta esa forma visual transpalabrada que atenta contra la tranquilidad servil de la lectura al uso, como simulacro de ser lo que nunca será, como un tempo paródico especular de la escritura normada y normativa. AquÃ, el poema es un sentimiento entrañable del y por el lenguaje, que deriva del movible pronunciamiento de lo deslenguado, contrario del sentido constantemente previsible, es decir evidente, propio del verbalismo utilitario. Entre el papel escrito y la boca hablada, al parecer, el poema está gestándose depurado y purÃsimo como en El bocablario, en una suerte oscilante de sempiterno estado de gracia. Mientras que en la escritura ya todo está listo aparentemente, en la boca por el contrario, la saliva aporta como un proceso ilimitado sujeto al reto esplendoroso del antes y el después del apalabrismo de El bocablario, que suena lejanamente parecido a rastros verbantes de lenguas originarias del sánscrito, a lenguas romances, a africanismos, o bien posee una familiaridad sonógrafa con ese esplendor léxico de nuestras lenguas indoamericanas. Las palabras de siempre, siempre las palabras, esperan que el poeta, a todo riesgo, las haga volver a (re) nacer.
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